
El predominio de la cultura de la aceleración y los resultados nos predispone a la acción inmediata, a hacer todo lo más rápido posible, sea trabajar, estudiar, aprender, reflexionar, amar, celebrar o divertirse. Todo debe ser rápido y eficiente, optimizado, maximizado, como lo explican Richard Senett en el Nuevo Capitalismo y Gilles Lipovetsky en Tiempos Hipermodernos. Conozco mucha gente que trabaja duro preparando las celebraciones familiares de fin de año o que llegan cansados de unas vacaciones planificadas y ejecutadas hasta el último minuto de cada día.
En muchas situaciones de la vida de hoy, es correcto ser eficientes, productivos y rápidos. Sobre todo en el cumplimiento de metas que nos imponen o nos ponemos en el trabajo y los negocios. De hecho, la velocidad es un atributo importante de competitividad en el mundo actual.
Hay un chiste, de esos que se esmeran en denostar a alguna identidad étnica, en que a una persona le preguntan cuánto da por resultado el multiplica 4 x 8, y responde 38, y acota inmediatamente ¿quieres rapidez o exactitud? Bueno, de eso se trata, de las dos cosas, velocidad pero también calidad, rapidez pero también sentido.
El coaching como disciplina de crecimiento personal profesional también vive en esta tensión entre velocidad y profundidad, desde versiones menos serias de dinámicas emotivas destinadas a la expresividad superficial de la emocionalidad, con abrazos, risas o llantos, hasta versiones más serias que también pueden tener varios niveles de profundización.
(Leer más)

.jpg?v=1268924266064)


















Comentarios recientes
hace 1 mes
hace 1 mes
hace 2 meses
hace 2 meses
hace 2 meses
hace 2 meses
hace 2 meses