
Soy heredero de los últimos estertores del ethos del 68, me inicié en política en 1983 en plena etapa del pago de cuenta por haber llevado los sueños demasiado lejos, cuando todo se revisaba al mismo tiempo que se luchaba por recuperar la democracia y la paz. El gran dilema que vivimos en este tiempo de inaceptable ingenuidad ante las ilusiones de las revoluciones es que sus motivaciones siguen siendo tan necesarias y más urgentes. La democracia es imprescindible pero demasiado imperfecta, el mercado es la vía a la creación de riqueza y bienestar pero está destruyendo el planeta y perpetuando la pobreza, la ciencia avanza con medicamentos y alimentos, pero hay epidemias descontroladas, las semillas se privatizan y los alimentos suben de precio, es necesario un estado que mantiene unida una nación y protege a los más modestos pero se debate entre la burocracia y la corrupción. El dilema es que la revolución no es el camino, que las mayorías son imprescindible, que es mejor esto malo que tenemos que lo peor que casi inexorablemente nos traen las innovaciones en la política. Cómo cambiamos la realidad sin terminar peor que de donde partimos. Mi intuición es que la revolución no debe ni puede ser en política sino en la cultura y la sociedad. La web, el emprendimiento, los movimientos culturales pueden producir movimientos que no sean copados, manipulados, maximizados y diluidos por los políticos profesionales. Finalmente, cualquier compromiso con un horizonte como nación será necesario para salvar de la desesperanza y la violencia a los excluidos y del nihilismo y la depresión a los satisfechos.
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