fernandoflores. En el mundo globalizado que vivimos requerimos cultivar una cultura de la excelencia, en la competitividad, en la cooperación y en las conversaciones. No se llega a esas cotas de excelencia a través de la mera utilización de conocimientos o técnicas que luego se aplican, sino por la participación en una cultura de prácticas, que al final son “danzas” corporales, sociales y culturales. La eficiencia presupone un presente, pero también una acumulación del pasado. Por eso se trata de un ciclo, donde el aprendizaje es una práctica recurrente que genera un cambio social. El cultivo de la excelencia no es individual, requiere de redes sociales donde se coopera, se compite y se conversa al mismo tiempo. Esto sucede también en las artes, las comunidades científicas, las organizaciones sociales, los negocios, o cualquier otra práctica humana. Si esto se hace socialmente, ilumina la acción. Y la acción ocurre en este ciclo que involucra el uso eficiente de los recursos, cultivar una práctica de aprendizaje permanente, y generar momentos reflexivos donde se deciden estrategias de cambio. Las crisis nos regalan buenos ejemplos de cómo conectar a los jóvenes chilenos con las redes emergentes que surgen ante éstas. Así mismo es necesario que nuestros líderes cobijen y cultiven iniciativas disruptivas. La excelencia es una acción conjunta del Estado y la sociedad. Requerimos crear nuevos partidos, nuevas instituciones, nuevas organizaciones, que estén dispuestas a cultivar la excelencia. La excelencia tiene una intencionalidad ética, que valora la ambición sana, la colaboración, promueve el “pulular de las minorías”, premia el mérito y el esfuerzo, y destierra la envidia y la mediocridad.
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