
(Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008) La historia del pensamiento económico en el siglo XX es algo
parecida a la del cristianismo en el XVI. Hasta que John Maynard Keynes publicó
su Teoría general del empleo, el interés y el dinero, en 1936, la ciencia
económica -al menos en el mundo anglosajón- estaba completamente dominada por
la ortodoxia del libre mercado. De vez en cuando surgían herejías, pero siempre
se suprimían. La economía clásica, escribía Keynes en 1936, "conquistó
Inglaterra completamente, tal como la Santa Inquisición conquistó España".
La economía clásica decía que la respuesta a casi todos los problemas era dejar
que la oferta y la demanda hicieran su trabajo. Pero la economía clásica no ofrecía ni explicaciones ni
soluciones para la Gran Depresión. Hacia mediados de la década del 30, los
retos a la ortodoxia ya no podían contenerse. Keynes desempeñó la función de
Martín Lutero, al proporcionar el rigor intelectual necesario para hacer
respetable la herejía. Aunque Keynes no era de izquierda -vino a salvar el
capitalismo, no a enterrarlo-, su teoría afirmaba que no se podía esperar que
los mercados libres proporcionaran pleno empleo, y estableció una nueva base
para la intervención estatal a gran escala en la economía.

















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