
En Chile nos gusta suponer que somos más modernos, integrados y civilizados de lo que somos. Que aún pueda ocurrir que cuatro personas mueran de SIDA porque el hospital que lo supo cuatro años antes no les avisó porque no los ubicó en sus domicilios (aunque pasaron enfermos alguna vez por el mismo hospital antes de morir), que dos recién nacidos puedan ser entregados a familias cambiadas hasta que sus padres lo descubrieron un año después, que una ministra dirija por un año Educación, mantenga el total desorden financiero, la destituyan y ahora demande al Estado chileno, que las carreteras de pago, que se hicieron para hacer más rápida la ciudad, se colapsen y nos castiguen a los usuarios con cobros más caros por utilizarlas, que la economía chilena se sustente en construir edificios de altura en barrios residenciales y transformar tierra agrícola en inmobiliaria, que en mi barrio progre y ecológico los vecinos enciendan chimeneas en tiempo de emergencia ambiental, ensucien los jardines con sus mascotas y arrasen con sus todo terreno, que parlamentarios ecológicos tengan intereses en compañías productoras de plomo, que ahora nos prohíban hacer lo que nos venga en gana en casa con la música que pagamos legalmente, que la banda ancha no sea ancha pero sí la más cara de América Latina, la precariedad laboral del comercio retail, el desamparo de crédito e innovación de los micro empresarios, son todos ejemplos que algo falta para declararnos a salvo del tercer mundo. Bueno, aquí un análisis interesante de cómo están enfrentando la crisis financiera las personas de segmentos más pobres de Chile, que reproduce el emblema del clasismo en el marketing chileno: Cómo faúndez enfrenta la crisis (quépasa). Si hay algo que reconocer a la Presidenta Bachelet es su esfuerzo por proteger los derechos laborales, la previsión y la salud de los pobres en Chile.
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